miércoles, 11 de septiembre de 2013

El valor de incomodarse

"Algunas cosas me dejaste ver, algunas cosas descubrí yo... lo suficiente para comprender el poder de los deseos". 
Gustavo Cerati

Disparo, me esfumo. Soy la bala de palabras que impacta. Sin violencia, aunque a veces duela. Solo son destellos que esclarecen... resuenan... tumban... desencajan... 

Lanzo un rayo, con prudente violencia, a la caja en la que te ocultas. Olvido tus excusas, me arrastro con tus penas. No te ataco aunque tu sistema de defensa estalla y tus ojos me inventan colmillos, éxtasis demoníaco y descontrol. Soy la mano amiga que más podrías odiar.

Conozco tus máscaras y tu cuadrado de confort, he estado allí dentro. Todos somos pecadores de esa comodidad. Pero siempre me gustó anotar letras de canciones en los bordes del esquema básico. Yo soy la típica persona que tiene una versión en dibujitos de la historia que cualquiera me cuenta. Y ni siquiera sé dibujar...

No soy distinta, ni soy más fuerte. A veces me nublo, me encierro y me disfrazo de esa que gusta. Tengo temores. Sobre todo, al permanente reflejo en el espejo. Pero deposito confianza y un aliento de desesperación en esas mentes cómplices que no vacilan en sacudirme y disparar justo en el cerrojo de la prisión del corazón. Corre, felino, huye de la jaula...

Vivir en el equilibrio (virtuoso, como diría Aristóteles) siempre cuesta más que sucumbir a algún extremo. ¿Pero quién es capaz de encerrar por toda una vida a un deseo? Los deseos no cometen suicidios, solo se ocultan en la sombra y aguardan hasta que pulses los detonantes.

Rompe la burbuja llena de los recibos y facturas que la vida va almacenando. Salda la cuenta. No hay números rojos.

Estallar y reaccionar hasta sentirse vivo. 

Roza el límite. Siente la vibración. Escucha la profundidad de ese último sonido. Deja que la piel se erice. Espera el éxtasis. La vida solo vale la pena tras cada conquista de liberación interna. 

Suelta la risa y la locura. Ámalo. Rompe la cadena. Gime. Declara la rebelión contra el prejuicio y escúchate gritar por mero delirio. Camina despacio. Dispara verdades y sangra reflexiones puras. Respira. 

Rodéate de gente tan real como tú. Toma tu rumbo. Antes de herir a alguien, hiérete a ti mismo. Y siente. Bebe. Renuncia a la máscara. Asume el sueño. Toca. Disfruta el vértigo y todo ese miedo, no calles demasiado, mas no hables por hablar. Inhala el humo y expulsa el daño. Escucha.

Ese inquilino fantasmal se suicidó por un disparo de verbos en la sien: Su fin es la victoria del empolvado deseo de reconocerse sin espejos. Let's dance...

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