miércoles, 30 de enero de 2013

Cuando quiero escribirte, no escribo

No lo notas. Y no sé si frustrarme o festejar. Tampoco sé si mi conocimiento alcanza a tus ideas más internas. Si debo asumir que el margen de error es reducido o creer que es realmente amplio...

Hay tanto que quiero escribir(te) pero siempre me falta algo. Siempre hay un pero. Y cuando pienso mucho en ello creo que a ti te da igual porque seguro habrá algo más interesante para apreciar que unas palabras "repetitivas" (aunque me invente nuevas). Luego pienso que no puedo callarme, que me vale si lo quieres o no, porque es mi voluntad y no la voy a desechar. Después cometo el pecado de esperar algo: una reacción o una respuesta. Soy el perfecto ser humano que se cae a piña con la misma piedra, tresmilveces.

A veces lo asumo con naturalidad y dedicarte mis vanas construcciones lingüísticas son mi mayor deleite semanal. Aunque las releo tanto que termino odiándolas. Nunca es fácil hablar bonito sin caer en lo cursi o lo trillado; tampoco es sencillo describir lo que parece imposible de definir. O eres demasiado vago en la explicación o dejas a un lado la mitad de los puntos porque ya llevas dos folios en letra pequeña.

También me pasa que se me ocurre leer a Benedetti, Neruda, Sabina u otros más de mi combo de genios (cantantes, filósofos, escritores, sabios de barrio y autores baratos que la pegaron solo una vez en su vida) y termino pensando "este tipo lo escribió para mí". Automática, sin estrategia, voy corriendo a compartirlo.  Me caigo y me raspo las rodillas con la misma piedra y esta se burla de mí "Pana, hoy hablan un idioma distinto. No es el momento".

Entonces, otro día te encanta y aprovechas para sanar mis raspones accidentales con palabras dulces (que, para mi ansiedad, llegan tarde). Y vuelvo a empezar a caminar en mi círculo iluso de disparar sentimientos sin sintonizar primero. Hasta que llego a este punto de frustración infinita: te lo quiero dedicar todo (hasta la pelusa con forma ridícula que veo en mi monitor). Te quiero escribir diez folios que nunca aburran y ver, por un huequito, como los lees y sonríes embobado. Porque sé que te debo mil notas y me pesa.

Es solo que no sé cómo romper esa burbuja. No sé cómo hacer que los astros siempre estén sincronizados. O casi siempre. O, al menos, en el momento que así lo precisemos. Bailar a destiempo es un asunto difícil. Y no sé quién está peor: aquel que lo nota e intenta establecer un ritmo claro o aquel que no lo nota (o finje) y, paradójicamente, marca el tiempo, la distancia y el compás.

De repente me encuentro pensando en ti, como si te fuese a hacer una dedicación. Pero...

P.D.: Escuchen a esta mujer. <3

martes, 29 de enero de 2013

Detonantes (myself and I)

Las experiencias nos consolidan, nos permiten ser. Desde la peor vergüenza que pasamos cuando eramos chamos, la alegría del primer amor hasta la frustración del detective que encarnamos cuando leemos nuestra novela favorita. Ellas se recopilan como los sabores, los sonidos, los olores... Aunque es mucho más fácil acceder a las experiencias a través de la memoria, no siempre somos capaces de recrearlas controladamente y, por eso, lloramos desconsoladamente al recordar nuestro mayor fracaso.

Cada quien tiene sus detonantes. Sus puntos claves, sus momentos álgidos. Algo que los haga traspasar los límites de la pasión controlada hasta la explosión absoluta de emociones. Todos hemos sido impulsivos alguna vez hasta el extremo de borrar cualquier vestigio de raciocinio y dejarnos llevar por cualquier cosa que sea capaz de movernos hacia algún lugar.

¿El dónde y el cuándo? Poco importa en ese momento. Si la rabia nos lleva hasta el odio pasivo-agresivo, nos parece bien (al menos por unos instantes, quizá solo segundos). Evidentemente toda esta cuestión de estímulos y detonaciones es súbita y voraz. Cuando se extiende corremos el riesgo de atraer más penas que glorias, más consecuencias negativas que satisfacciones.

Los radicalismos son una ponzoña que nos inyecta una seguridad falsa que, al final, nos desplomará -en el interior- como si hubiésemos bebido grandes cantidades de cafeína tras dos noches en vela.

Allí estaba yo, hecha un manojo de nervios, pensando en todo esto. Tenía los ojos cerrados mas tenía la impresión romántica de que había una luz tenue sobre mi cabeza. También me debatía entre nuevas dudas acordes con el desafío que implica volver a hacer algo.... y hacerlo distinto. 

Todo parecía estar helado. Cada uno de nosotros vivía la ansiedad infinita de acabar esa dulce y pasiva agonía mientras debíamos ejecutar solo movimientos mínimos para respirar. 

Estaba ensimismada en ese encuentro tan íntimo hasta que el ruido se adueñó de todo el espacio: escuchaba la gente entrar a un mercado en época de ofertas, sus risas, sus pasos pesados sobre la madera, sus conversaciones entremezcladas que, poco a poco, dejaban de tener sentido en mi cabeza y pasaban a ser solo frases sueltas y revueltas.

Quería volver al silencio, huir un rato más o qué sé yo. El bullicio me hacía sentir una fuerte presión en mi cabeza que quería aliviar llegando a ese estado de relajación en el cual pierdes noción de tiempo y espacio. Qué peligro separarme tanto. Pero lo deseaba. Incluso creo que pasó... ¿O la ausencia del protocolo me jugó un mindgame?

De repente, se apagaron las luces. Sentí la vibración de mi garganta recorrer todo mi cuerpo rígido. Las luces comenzaban a volver gradualmente sobre nuestras cabezas. La ansiedad se transformó en claustrofobia que no cesó de apabullarme hasta que me liberé de ese capullo infectado de fútiles temores y discordias onerosas.

Activé todos mis detonantes. Cada vez era menos yo, aunque todo venía de mi interior (y de mis experiencias): Es hora de empezar el show.

Una frase: "Y qué placer cuando no hay nada que pueda ver, y solo invento tu sonrisa. Y apago así, toda agonía" de Luis Alberto Spinetta.
Les recomiendo:  La película Silver Linings Playbook.

lunes, 28 de enero de 2013

Licencia para sentir (myself and I)

Las sombras, los sueños pintados con juegos de luces, el lienzo en constante metamorfosis. Eso era más real que cualquier callejón sin salida o estación del metro. Los espectadores, cómplices en la tragicomedia, eran los verdaderos protagonistas. Ellos llevaban la partida de ajedrez y nosotros eramos las piezas vivientes; las serviles y contentas marionetas de un niño. Sin embargo, nadie pertenece a sí mismo ni tampoco pertenece a otro. Somos materia libre a merced del viento que impele hacia oriente. Vamos por el mundo recibiendo más de lo que damos por mera retroalimentación. Cuando nos comunicamos le damos sentido a todo.

Estaba ahí más presente que nunca, rodeada por un aura místico que combinaba pasión con inocencia. Fui siempre honesta y permití que todos los poros de mi cuerpo absorbieran la energía de mi alrededor. Decidí , con determinación masoquista, disfrutar y explotar toda la gama de emociones que sentía al mismo tiempo. Gobernó el instinto guiado por la disciplina hasta que se solaparon todos mis miedos.

Por pequeños instantes mi abstracción fue tan grande que yo dejé de estar rodeada de gente; solo mis pensamientos me acompañaban y se confundían con las voces que parecían ecos distantes. La ficción era tan real como aquello que solemos llamar realidad. Aunque, quizá, lo asombroso es que vivimos un realismo mágico. Este distanciamiento me llevó a acceder a otro nivel de aprehensión y dejé detrás los límites impuestos por tradición: en dos horas creé algo que ahora debía morir, pues, tenía que renacer en su tumba la esperanza que anunciase a un sol mucho más amable.

Y rompí a llorar. Porque fui valiente. Porque sentí demasiado. Porque amé demasiado. Porque entendí que el círculo se completa solo cuando se está en escena.

"Aún hay que hacer más". Gracias por existir, Teatro.

lunes, 7 de enero de 2013

Reinventarse

Mi verbo favorito es creer. Luego, reinventar, amar y crecer.

Últimamente he vivido intensamente todos ellos, quizá otros más. Y se siente tan bien vivir así. Enero llegó cargado con emociones y experiencias que no esperaba; después de mucho tiempo me vuelvo a sorprender. Mi fin de año también fue emotivo, simplemente dije que mis únicas resoluciones para el 2013 serían "sonreír más" y "organizarme mejor". Porque comprendí que lo demás venía solito.

Un par de encontronazos conmigo misma me hicieron darme cuenta que, por pensar tanto las cosas, le he dado mucho terreno a mis inseguridades para que florezcan y me impidan ver con claridad las luces de neón que me dicen "solo confía en ti y ve a por ello". Afortunadamente nunca es tarde para tomar impulso. Asumí que lo más importante para tener paz interior es ser siempre honesto y amable con nosotros mismos; demostrar que nos amamos y que, a través de ello, somos capaces de amar más y mejor. Me percaté que estaba cometiendo el error típico de quien deja de escuchar a su dulce conciencia: repetir consejos sabios sin acoplarlos totalmente.

Me arriesgué. Removí todo obstáculo psicológico para abrirle plenamente el espacio a la actitud genuina y arrolladora que mejor encaja con mi espíritu loco e imparable. Me estoy permitiendo soñar más. Estoy tomando las riendas de mi vida sin limitar mi pasión. Voy por el camino correcto y, aunque tropiece, sentiré que estuvo bien. No existirán fracasos, sino lecciones. Porque me voy a reinventar como nunca antes.

Hoy escribo algo breve. Porque hay tanto sentimiento que el espacio se me hace corto.

Y entre las chispas que le dan energía al motor de mi vida estás tú. Con tu silencio armonioso, tu mirada serena y tu sonrisa de niño. Con tus defectos y virtudes. Con la figura de tu sombra dibujada en el lienzo de mi memoria. Tú, aquel que elijo cada día de mi vida.

domingo, 6 de enero de 2013

Te extraño pero hoy no

"Los días pasan y yo me siento, sin darte un beso, como uno más"

Siempre me ha parecido curiosa la forma tan arrolladora que tienen ciertas canciones o frases para meterse entre ceja y ceja tercamente. Esta mañana mi memoria solo podía recordar los versos de Gilberto Santa Rosa en "Que alguien me diga" mientras pensaba en trivialidades y me reía con los amigos. La canté sin vacilar. Y todavía no se escapa de mi mente.

Está transcurriendo una tarde de domingo profundamente tranquila. Y yo me pierdo entre dos poderosos vicios: comer chocolate y escuchar esas canciones que te transportan a momentos especiales. Me lamento de no estar donde quisiera estar (iba a escribir con quien quisiera estar). Sin embargo, estoy donde debo estar y desde este punto de confort me permito recordar los instantes que me hicieron sentir más viva que nunca.

Los recuerdos, delicados y dulces, se conservan mejor que los pétalos de una flor en un libro. Si nos esforzamos lo suficiente, la memoria evocará cada sensación captada y nos hará estremecer... una vez más. Cada vello de la piel se erizará al imaginar nuevamente los nervios infantiles que llegan con el primer intercambio de miradas que, de forma torpe y esquiva, le confiesan al otro que el corazón nos late más fuerte  y que somos incapaces de ocultar nuestra emoción de agrado. Y sonreiremos recreando la atmósfera del primer beso que dimos por amor y atrevimiento. O, también, sentiremos una chispa de felicidad por las risas compartidas con seres especiales, por los chistes que tontamente nos dieron los mejores momentos.

Recordar lo bueno milimétricamente es un gran ejercicio para la salud y la motivación. Es decirnos "mira lo fácil y sabroso que era ser inmensamente feliz". Es alegría instantánea que invita a continuar con ansias locas nuestra lucha por crear momentos preciosos... dignos de recordar.

Subámosle el volumen a la música. Me olvidaré de extrañar y me concentraré en re-descubrir porque significan tanto para mí.

sábado, 5 de enero de 2013

Fantasmas del sueño

"Haz como el sol que nace cada día, sin pensar en la noche que pasó". 

Me acabo de topar con esta frase que no sé quién escribió ni cuándo; mas lo primero que pensé al leerla fue "me la encontré tarde", pues, anoche necesitaba tener en cuenta un pensamiento de ese estilo. En fin, no voy a ahondar en eso. Últimamente he aprendido a agradecer lo que venga justo cuando viene sin cuestionar tanto las razones o si sucedió en el momento oportuno. El tiempo es un artificio que deberíamos usar siempre a nuestro favor, ya que él solito se encarga de fastidiar.

Ciertamente si me la hubiese encontrado anoche no estuviese escribiendo esto. ¿Por qué? Porque anoche estaba cargada de energías negativas (nocivas para la salud mental). Estaba ligeramente frustrada y contrariada. Y ese estado me tenía inquieta: no podía conciliar el sueño. Lo irónico es que quería dormir para dejarlo pasar, porque son tonterías que pasaron y no merecen importancia ya que no se pueden revertir. Entre esas tonterías está, nuevamente, el tiempo insolente diciéndome "se acabaron las vacaciones".

Lo importante, sin embargo, vino cuando por fin logré dormirme y amaneció. Qué tormento amanecer mientras tu mente juega con tu paciencia y tu inconsciente se entretiene con ello. El mundo de los sueños llevó al límite mis estados emocionales y, entre risas, me dio una lección: No te vayas a dormir con tanto peso innecesario. Bello. Pero no me hagas sufrir psicológicamente un sábado, chico.

La mente es poderosa y cada vez estoy más segura que cuando aprendamos a controlar ciertos aspectos suyos, seremos capaces de ser más felices y abiertos a la sabiduría. Mi subconsciente me plantó anoche un desafío, se alió con mis fantasmas y juntos hurgaron en mí hasta sacar mis miedos (esos "demonios"). Me puso entre el cuchillo y la pared para probar cuán decidida estaba al elegir el arte como medio de expresión (¡de vida!). Y sin vacilar, la Wendy de los sueños se dejó cortar la mano antes que renunciar a sus ideales. Eso, al despertar, se sintió bien. En la realidad también hubiese pasado así.

Luego, probó mi superstición y mi autoestima. Soñaba que vivía un día movido pero alegre hasta que la desgracia del cambio repentino se tornó en una peculiar tragedia: Comencé a perder mis dientes y con ellos, la calma. Aunado a eso tuve que lidiar con compromisos de última hora que había olvidado. Detonaron como bombas atómicas mis miedos profundos de fracasar por des-organización o falta de confianza en mí misma. Evidentemente este sueño me preocupó: los supersticiosos afirman que eso es presagio de muerte y/o desastre. Sin embargo, tenía más sentido que fuese una alarma interna diciendo "no ignores esto o te va a ir mal". 

Justo antes de dormir estuve viendo fotos con cierta nostalgia. De hecho, fue lo que me ayudó a dormir, pues, la sonrisa que generan los recuerdos agradables arrastra consigo un montón de energía positiva. Claro que mi subconsciente iba presto a buscarle el otro sentido y me puso en una situación curiosa de asumir un rol que ya había asumido teniendo, a su vez, el resto de roles que actualmente tengo. Este sueño fue más breve y tuvo un mensaje más directo: No pierdas el tiempo añorando un pasado que ya no encaja, aprecia lo bueno pero sigue adelante. Y es cierto. Si estoy aquí entusiasmada por lo que logro y pretendo lograr, debo entender que mis decisiones pasadas y todas las huellas que fui dejando detrás me guiaron hasta acá.

Así, pues, entendí que hay sueños que solo son un estado malcriado del subconsciente y nada más hay que darle un poquito de atención de vez en cuando porque estos sueños, en su configuración, guardan con recelo aquello que escondemos -de nosotros mismos- por mero capricho. Olvidemos las supersticiones, revisemos lo oculto y démosle atención a lo que verdaderamente importa. Seamos consecuentes.

Y aunque me queje con regularidad de todo lo relativo al tiempo, estoy en paz ahora y me da igual que se vayan las vacaciones. De cualquier manera, lo que más deseo vivir me espera fuera de ellas. Solo espero que la determinación, la seguridad y la buena organización me acompañen porque estas ganas de vivir ya no caben en estas cuatros paredes. (A veces ni caben en esta ciudad).

viernes, 4 de enero de 2013

Simplemente me necesito a mí misma

La mitad de mi alma -y de mi tiempo libre- la dejo diariamente entre las letras de un teclado. En otros espacios distintos a este, ya que este ha caído condenado al más abominable y mortal silencio. No voy a responder porqués. Los interrogantes inútiles solo traen dilemas. Y quizá mienta como  la sociedad me ha enseñado a mentir, con excusas sutiles que parecen irrefutables: "No tengo tiempo para esto", "No tengo inspiración", "Mejor vivir que escribir". Cada una más falsa y más descarada. Y no estoy para manchar -también- de cinismo este espacio que siempre aguarda por mí. (Porque es tuyo el lugar, querida).


No me aburrí. No me quede sin nada que decir. Tampoco voy a apoyarme en el genio loco que sentenció que cuando se vive el amor con felicidad no se puede escribir, solo se debe vivir intensamente. No. Yo paso de eso. Simplemente me fui para encontrarme nuevamente aquí. Cerré la puerta del closet lleno de recuerdos y emociones hermosas. Me permití sentir y gritarlo al instante. O comérmelo y desecharlo por los rincones. Necesitaba crecer y lo hice un poco. Estuve mucho rato viviendo sin desvanecer y divagar tanto hasta que, como diríamos en mi país, me cayó la locha. Es decir, hasta que caí en cuenta. ¿De qué? De que no podía seguir sin escribir.

Y me lo negué a mí misma mucho tiempo. Incluso escribo esto sin estar absolutamente convencida del resultado. Mas he decidido que necesito teclear más y exponerlo aquí. Trato de librarme del prejuicio duro que me azota en cada autocrítica: "bonita, lee más antes de escribir". No porque crea que es falso, todo lo contrario, lo reafirmo. Simplemente me cansé de la postura férrea que pocas veces aplico para relajarme y darme la oportunidad de fallar, levantarme y continuar. Porque no se puede vivir pos-poniéndolo todo por cobardía.

Así, pues, que este espacio sea mi escuela y mi balcón de desahogo. Me permitiré ensuciarlo con mis fantasmas y cursilerías. Me voy a regalar para este 2013 el chance de hacer ejercicio y catarsis sin perder más tiempo. Crecí lo suficiente como para dar la cara y desnudar mi alma sin sentir vergüenza. Y sencillamente en ocasiones no me bastan los 140 caracteres de Twitter, ni los poemas que adoro, ni las canciones que me matan.

Descubrí que... Simplemente me necesito a mí misma.
Esta es una de mis metas no-pensadas y la quiero cumplir.

¡Feliz Año 2013!