Las sombras, los sueños pintados con juegos de luces, el lienzo en constante metamorfosis. Eso era más real que cualquier callejón sin salida o estación del metro. Los espectadores, cómplices en la tragicomedia, eran los verdaderos protagonistas. Ellos llevaban la partida de ajedrez y nosotros eramos las piezas vivientes; las serviles y contentas marionetas de un niño. Sin embargo, nadie pertenece a sí mismo ni tampoco pertenece a otro. Somos materia libre a merced del viento que impele hacia oriente. Vamos por el mundo recibiendo más de lo que damos por mera retroalimentación. Cuando nos comunicamos le damos sentido a todo.
Estaba ahí más presente que nunca, rodeada por un aura místico que combinaba pasión con inocencia. Fui siempre honesta y permití que todos los poros de mi cuerpo absorbieran la energía de mi alrededor. Decidí , con determinación masoquista, disfrutar y explotar toda la gama de emociones que sentía al mismo tiempo. Gobernó el instinto guiado por la disciplina hasta que se solaparon todos mis miedos.
Por pequeños instantes mi abstracción fue tan grande que yo dejé de estar rodeada de gente; solo mis pensamientos me acompañaban y se confundían con las voces que parecían ecos distantes. La ficción era tan real como aquello que solemos llamar realidad. Aunque, quizá, lo asombroso es que vivimos un realismo mágico. Este distanciamiento me llevó a acceder a otro nivel de aprehensión y dejé detrás los límites impuestos por tradición: en dos horas creé algo que ahora debía morir, pues, tenía que renacer en su tumba la esperanza que anunciase a un sol mucho más amable.
Y rompí a llorar. Porque fui valiente. Porque sentí demasiado. Porque amé demasiado. Porque entendí que el círculo se completa solo cuando se está en escena.
"Aún hay que hacer más". Gracias por existir, Teatro.
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