"Los días pasan y yo me siento, sin darte un beso, como uno más".
Siempre me ha parecido curiosa la forma tan arrolladora que tienen ciertas canciones o frases para meterse entre ceja y ceja tercamente. Esta mañana mi memoria solo podía recordar los versos de Gilberto Santa Rosa en "Que alguien me diga" mientras pensaba en trivialidades y me reía con los amigos. La canté sin vacilar. Y todavía no se escapa de mi mente.
Está transcurriendo una tarde de domingo profundamente tranquila. Y yo me pierdo entre dos poderosos vicios: comer chocolate y escuchar esas canciones que te transportan a momentos especiales. Me lamento de no estar donde quisiera estar (iba a escribir con quien quisiera estar). Sin embargo, estoy donde debo estar y desde este punto de confort me permito recordar los instantes que me hicieron sentir más viva que nunca.
Los recuerdos, delicados y dulces, se conservan mejor que los pétalos de una flor en un libro. Si nos esforzamos lo suficiente, la memoria evocará cada sensación captada y nos hará estremecer... una vez más. Cada vello de la piel se erizará al imaginar nuevamente los nervios infantiles que llegan con el primer intercambio de miradas que, de forma torpe y esquiva, le confiesan al otro que el corazón nos late más fuerte y que somos incapaces de ocultar nuestra emoción de agrado. Y sonreiremos recreando la atmósfera del primer beso que dimos por amor y atrevimiento. O, también, sentiremos una chispa de felicidad por las risas compartidas con seres especiales, por los chistes que tontamente nos dieron los mejores momentos.
Recordar lo bueno milimétricamente es un gran ejercicio para la salud y la motivación. Es decirnos "mira lo fácil y sabroso que era ser inmensamente feliz". Es alegría instantánea que invita a continuar con ansias locas nuestra lucha por crear momentos preciosos... dignos de recordar.
Subámosle el volumen a la música. Me olvidaré de extrañar y me concentraré en re-descubrir porque significan tanto para mí.
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