lunes, 23 de abril de 2012

Sobre preguntas complejas

Si pudiéramos responder al menos a la mitad de los porqués que viajan por nuestras mentes. Si pudiéramos enumerar las razones concretas por las cuales algo sucede aquí y no allá, ahora y no después. Entender cómo se mueve (o nos mueve) el destino. ¿Sabríamos manejar esas respuestas? ¿Sabríamos, pues, qué hacer con ellas?

Algunos dicen que todas las respuestas están en nosotros mismos. Un poquito de ejercicio mayéutico, y voila. Los que piensan eso probablemente dirán que nuestro conflicto es la negación y la actitud evasiva ante esas respuestas. El temor a las grandes verdades que puedan poner en peligro el antiquísimo y "fructífero" sistema al cual estamos acostumbrados. Cobardía, o quizá valentía. Quien sabe.

Ciertamente, no lo sé. A menudo pienso que no hay pregunta sin respuesta, mas no toda respuesta ha de ser una codificación lingüística, una construcción lógica de palabras. Si ustedes me preguntan "¿por qué escribes hoy y no lo hiciste hace dos meses?" Preguntarán por ansias de conocimiento, pero ya tendrán posibles respuestas preconcebidas y acecharán al interrogado para así determinar, en primer lugar, el margen de acierto y de error entre la respuesta potencial. Luego, para satisfacer la curiosidad, estarán esperando que yo me explique en perfecto castellano. Y yo querré sólo encogerme de hombros.

Si yo me lo pregunto pensaré muchas respuestas, pero sólo una resonará más fuerte. De mí depende aceptarlo o negarlo, enfrentarlo u olvidarlo. Si lo acepto y lo enfrento, lloverán mil preguntas que tendrán contestaciones que probablemente termine negando u olvidando. Si lo niego y lo olvido, cierro un capítulo, una puerta, relleno un vacío, pero como si se tratase de una gripe mal curada, terminaré teniendo recuerdos y recaídas, lagunas mentales y pequeñas debilidades. 

Si lo acepto y lo enfrento, tendré que zanjar de raíz -en algún momento- la causa. Tengo el tiempo que toma formular novecientas noventa y nueve preguntas complejas para acabar con esto de la aceptación o negación ininterrumpida.

Ya me he formulado al menos unas diez. Ni tan mal, ni tan bien. No obstante, he llegado a crear una onceava pregunta, la cual es peligrosa y decisiva: ¿Qué hacer cuando sabes lo que hay que hacer pero sencillamente no quieres hacerlo? ¿Cómo te armas de valor para asumir las posibles consecuencias, tanto de no hacer como de hacer?

Van doce interrogantes derivadas de un simple porqué. Quizá trece. Tantas vertientes me alejan del objetivo principal, ¿o quizá me acercan más y más? No lo sé.

Sí. Escribo porque quiero y porque, de repente, me di el tiempo. Escribo porque naturalmente el motor de la vida se aceleró. Y produjo un cambio impredecible. Escribo porque mi mente y mi cuerpo se coordinan para divagar y crear algo juntos, en forma de palabras y sinsentidos. Escribo desde una encrucijada. Escribo pensando si hago algo o simplemente lo dejo estar por un tiempo más.

Escribo sin saber si quiero resolver mi pregunta compleja, cuestionando la simplificación como método de  negación ante la magnitud de un problema. O de una solución.

1 comentario:

  1. Bonito escrito de los "tantos porque que existen en esta vida"... desde que somos unos crios esta palabra la repetimos con la idea de encontrar la respuesta de nuestra duda,algunas veces alguien nos ayuda, aunque con el tiempo, cuando crecemos nosotros mismos tratamos de enterdernos....

    ResponderEliminar