Las miradas casuales anuncian historias fugaces. De esas que dejan un buen sabor en los labios y buenos recuerdos en la memoria. Quizá, también, una invitación para disfrutar de nuevas impresiones o un trozo de cuerda para la curiosidad. No todas esas miradas son importantes; la mayoría son banales. Mas la brevedad del contacto entre pupilas no limita su intensidad ni oculta la cantidad de palabras que, con evidente timidez, conforman sus subtextos.
No me atrevería a ignorar la fuerza de aquel encuentro entre sus ojos y mis ojos, ni la forma en que el respeto le servía de escudo para no responder a mis sonrisas anchas. Su cortesía era directamente proporcional a mi coqueta fascinación. Mientras que él buscaba, cabizbajo, un foco distante, yo buscaba sostener una conversación clavada en sus pupilas. Podría sugerir varios temas sencillos: la música, el lugar, el vino. Siempre sutil para intimidar sin ponerme en evidencia.
Su voz era grave y correspondía a sus gruesas facciones y al aire de actor elegante que idealicé mirando su traje perfectamente planchado. Pero jamás la escuché alta y fuerte. Sus monosílabos eran susurros de vergüenza que se colaban mientras llenaba los vasos. Sin embargo, él era mucho más valiente en la distancia prudente. Y escogía el ángulo más adecuado para no perderse los detalles y registrar cada momento. Presentía su osadía y, al girarme, su mirada renuente se volvía a perder en el suelo, en las bandejas, en los árboles, en el cielo...
A ratos pensaba en qué hacer para que personalmente me indicase su nombre. Porque cuando uno se presenta a los demás siempre le regala una sonrisa de portada. Es el instante de mayor charming en sociedad, es la primera impresión de muchos. Así, pues, me hubiese llevado el mejor recuerdo de todos. Ahora, en su irremediable ausencia, me pongo a pensar en las mil maneras infalibles de empezar un diálogo interminable. Sabía -desde el inicio de aquel juego inocente de miradas- que no nos volveríamos a ver. Encontrarnos de nuevo sería la más demente de todas las casualidades. Me haría creer en los golpes de la suerte... no sé si de la buena o de la mala.
Hay miradas que se quedan en impresiones sin desenlaces. Que, si conjugan sensaciones emocionantes, pueden llegar a ser difíciles de olvidar. Incluso se graban en la mente, como los olores y las texturas, por varios días. Para que cuando queramos sumergirnos en lo archivado, por el placer de aferrarse a las (im)posibilidades, podamos volver a vivirlas.
Ha sido un placer no haberte conocido.
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