lunes, 4 de marzo de 2013

Take a walk

No es sobre lo que una quiera ser. Es sobre lo que soy y voy a ser en el próximo minuto. No me hables de planes que no vas a cumplir: El que mucho habla, más rápido se fatiga. No me cuentes tu próxima jugada, no quiero saber las historias detrás de un montón de misterios que, por ser la ocasión equivocada, se reducirán a simples trivialidades que anexaré en el archivo de "lo que sé sobre ti".

Caminar. Acción que aprendemos a realizar en nuestra etapa de infantes. Acción que infunde sentimientos dispares, según la ocasión: Tedio, satisfacción, alegría... miedo. Porque implica tomar una decisión en la que participamos activamente. Porque es una de esas acciones que nos hacen salir de nuestra pasiva área de confort.

Caminar. Sin tener la plena seguridad de que cada paso es el correcto pero sabiendo donde terminará nuestro camino. Con determinación. O quizá no. Es difícil decir que caminamos solos: Podemos salir a pasear con los pensamientos. O, también, huir de ellos a través de sonrisas más amigables y tangibles que las de nuestros recuerdos. Mejor descartar los falsos acompañantes: Hagamos de esto un acto casi religioso.

Caminar. Para buscar-nos, para encontrar-te, para olvidar, para anular-me. Cada quién a su manera, pues, no todos compartimos los mismos ritmos o las mismas mañas. Hay atajos que son convenientes para solo un grupo de personas, hay trotamundos que se aficionan a las rutas largas e intrincadas, hay señores que recorren solo la distancia exacta, hay señoritas que no soportan el Sol abrasador y señoras que anhelarían correr como en sus años mozos. Todos somos viajeros y acompañantes. Pisamos con firmeza el asfalto para enfrentar el misterio que envuelve nuestro viaje de regreso, mientras que nos aventuramos a responder las interrogantes diarias sobre qué sucederá hoy.

Caminar. Para entender mis propios límites y dejar que el viento que se cuela entre el bullicio urbano me diga donde voy a parar. Quizá me lleve hasta la estación de metro cercana para dejar que el movimiento me lleve más lejos. O hasta el edificio bonito que siempre quise conocer. O a la primera buena librería que pisé. O al café de la cuadra. O, tal vez, me lleve hasta tu puerta y me deje allí sin nada. Sin nada más que algo de amor, caricias y la melancolía por mis alas rotas. 

Caminar. Para sanar.

Creo que para seguir volando necesito un poco más de ti.

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