Nunca me he cerciorado si las pequeñas elecciones que tomo diariamente son las más acertadas. A decir verdad, ya no me cuestiono al respecto. Esta noche, como otras, dejo que me embarguen pensamientos más amables: una buena tertulia me atrapa hasta el punto de consumir las "sagradas" horas de sueño que, con el pasar de los años, cada vez son menos respetadas. Soy plenamente consciente de que mi hábito es arriesgado y, al final, me traerá más dificultades que beneficios. Nada peor que un dolor de cabeza a las 8 de la mañana, unas ojeras muy acentuadas o el advenimiento de las arrugas a partir de los veintipico.
Pero mi espíritu es libre e indomable. Este necesita alimentarse con frecuencia de ratos de charla nostálgica, de fotografías de buenos momentos, de reencuentros necesarios, de reflexiones intensas, de lágrimas y risas junto a aquellos que me acompañaron -y me siguen acompañando- en este transitar. Mi alma hace mucho tiempo hizo las paces con la Soledad pero, cuando puede elegir, siempre prefiere la buena compañía aderezada de sinceridad, buena comida, vino y locuras.
La lógica emocional, mi Blue Moon y mi lado más noble suelen ganarle la batalla a mi excesiva racionalidad pragmática. Esta travesura infantil de mi carácter risueño me lleva, naturalmente, a "perder el tiempo" invirtiendo en felicidad (cabe destacar que no estoy perdiendo nada, lo elevo a una potencia inalcanzable para el método riguroso). Así, pues, es mucho más común encontrarme escribiendo divagaciones e impresiones, saludando a viejos amigos, profundizando en anécdotas y reflexiones o, simplemente, contemplando la Luna, el paisaje (a veces, emocional) y la sonrisa de alguien especial.
Me nutro de aspiraciones y datos curiosos. No reparo en dedicarle tiempo a un montón de cosas que pasan desapercibidas y desencajan porque, por el ajetreo de la vida, parecen menos urgentes o habituales. Me dedico a capturar impresiones absurdas para hallar los detalles únicos en algo, aparentemente, normal. Del mismo modo, aprendo de las tonterías y cazo sorpresas; o, en su defecto, las detono porque sí, por pasión.
No puedo hacer nada más que declararme culpable de amanecer solo para tocar fondo en un mar de reflexiones o, por el contrario, en un mar de chistes privados y confesiones entre noctámbulos. Mis noches pueden ser la cuna que arrulle las ideas más descabelladas o más ingeniosas que pueda producir mi cinismo o mi inexplorada genialidad. Quizá algún día me convenza de que las arrugas serán, como las cicatrices, las mejores marcas de vida para contar historias que valgan la pena. O, quizá, me limite a vivir sin preocuparme tanto por los estragos del tiempo; una nunca sabe cuando la genética te hará el favorcito de mantener la lozanía de tu piel (sobre todo, después de tantos malabares y rituales de belleza).
Lo cierto es que no voy a limitarme por esos males que me esperan; me permitiré vivir ondeando la bandera de una juventud fervientemente soñadora. Seré rebelde ante mis propias sombras aburridas y meditaré, entre carcajadas y charlas informales, para lograr entender mejor al mundo mientras me conozco más a mí misma. Toda la vida seré amante de los misterios: no voy a privarme de indagar en torno a aquellos que se ocultan en mi fuero interno. Y, dicho sea de paso, no desperdiciaré la ocasión para hacer el ridículo... siempre fiel a mi estilo, vistiendo el mejor traje de glamour, espontaneidad y elegancia.
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