Seamos turistas que, como ciudadanos del mundo, ejercitamos el alma paseando por la ciudad de siempre con los ojos bien abiertos, los hombros más relajados de lo normal, una actitud alegre y despierta y una disposición a sorprender y ser sorprendido. Todo turista respeta las normas, pregunta demasiado, inventa torpemente y se queda asombrado cada vez que asimila lo más sabroso de la idiosincrasia de los nativos. También se horroriza y aprende por ensayo y error, sin que caiga en la imprudencia.
Un turista come helados en una plaza, fotografía a los artesanos y a los viejos jugando dominó, come en cualquier lugar curioso que le "recomendaron", camina hasta que le duelen los pies sin inmutarse del tráfico y recorre el casco histórico con cuidado. Un buen turista está dispuesto a dejarse llevar y perderse un poquito, tiene límites flexibles y ganas de aprender. También se enamora de los paisajes que diariamente descartamos y se sienta a escuchar, atentamente, al prodigioso músico se esquina; se detiene en un semáforo y sonríe imaginando su nuevo destino. Un turista se aventura, con menor o mayor intensidad, por la selva de concreto que el tedio siempre nos hace odiar y, ante cualquier adversidad, siempre resuelve convencido que "ya que estamos aquí, hay que disfrutar".
Es que... sí... Caracas exige que la recorramos con buena cara, al menos una vez al mes. El asfalto "parapetado", las aceras con su hedor, los lugares con su bulla y los semáforos siempre abusados piden ciudadanos, no muchedumbre. La ciudad quiere deseo puro en las pisadas, personas curiosas que indaguen sus misterios y la pinten, con la mirada, de colores bellos... sin tintes políticos que la ensucien. Quizá solo necesita que sus caraqueños sean más sensibles, menos indiferentes... que se vistan con un espíritu de turista aventurero. La antiquísima capital pide la paciencia y la nobleza de aquellos que gustan de disfrutar de la magia oculta en la materia.
Caracas, ciudad de la anomia, del caos y de la furia; rincón de inspiración, de historias de asfalto y escaleras al cielo. Ciudad de contrastes: cuna del miedo y del ingenio. Quiero recorrerte sin frenos, beberte a sorbos de café y ver tu esencia en esos lugares en los que nadie ya se fija; quiero llenarme de tus explosivas experiencias sensoriales y sentarme a mirarte para entenderte un poco más. Tú, tan llena de pequeños Calvarios y de gente que vaga lejana, sigues sufriendo, a merced de tus ocupados e irresponsables hijos, una menopausia temprana...
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